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CUENTOS

Por: Consuelo Tomas Fitzgerald

EL LLEGADO

E l día que lo llevó a casa, era apenas un cartucho de huesos con dos ojos enormes y espantados. No era posible saber de dónde venía. No había nada que lo identificara. Nada que dijera algo concreto de su procedencia, ni de las razones concretas de su fragilidad que, se veía de lejos, eran el resultado de un hambre prolongada, de un maltrato de la vida, de un resistir denodado a la adversidad. Apenas si podía sostenerse y temblaba al caminar.

Lo llevé a casa y se dejó bañar. Aceptó la leche que le pusimos aunque no pudo tomársela toda. Al parecer, la poca costumbre de comer le causaba arcadas angustiosas.

Los niños empezaron a acariciarlo y a hablarle. Él los miraba con una expresión entre susto y asombro. Así estuvo varios meses. Un día nos lo encontrábamos en el patio, tomando el sol cálido de la tarde. Otro, enrollado en el sofá, con los ojos mirando a ninguna parte. Tenía predilección por los aguaceros furibundos y las noches de luna. Se reponía rápidamente de su devastación. Jugaba con los niños y los dejaba hacer con él lo que ellos querían. Le ponían lacitos, lo montaban como un caballito, lo vestían de payaso. Él, parecía disfrutar aunque no emitiera sonido alguno.

Un día volvimos a intentarlo. Fue poco lo que logramos, pero, a mi juicio, fue bastante. Con una vocecita apenas audible nos dijo:

--Me llamo Fransua. Soy haitiano.


EL VESTIDO CAMBIADO

S e mira en el espejo y todo le parece error. No puede reconocerse en esos brazos, en esas piernas, en ese cutis. Hasta el nombre siente que le viene prestado. Esa voz horrenda con la que lo masculla también le suena falsa, aunque no pueda negar que sale de su garganta. Mira y vuelve a mirar. ¿En qué momento ocurrió el cambio?

Se viste despacio. Piensa en el eterno rito de cubrir lo cubrible. De aderezar la falsedad. De poner telón a la evidencia. De cuidar los detalles, como una actriz perfectamente consciente del efecto que desea causar.

Sale a la calle, camina. Estos pasos que tiene que forzar para no dar la apariencia de moverse en una equivocada. De haber tomado un papel prestado. Por una línea que debe ser recta y no sinuosa. Camina y los escaparates vuelven a escupirle esa realidad morbosa, ese cuerpo cambiado y funcional, casi perfecto.

Se detiene en una cafetería, pide un café. El mesero no se fija en su mirada lánguida, en sus ojos capaces de la intensidad profunda, de la dulzura más allá de la dulzura. Mentalmente le pide una mirada, aunque sea una. Para reconocerse humana a pesar de los equívocos. Pero esos párpados no suben, como en casas donde no se abren nunca las ventanas. Suspira, paga, se retira.

Toma el autobús en el que deberá llegar intacta, sin una arruga en el traje, sin un cabello fuera de lugar, sin esa expresión de angustia que le da el ser y no ser. Su dolor de no poder desprender espíritu y materia y empezar todo de nuevo, sin engaños ni disimulos hirientes. En el autobús una mujer la mira. ¿La habrá reconocido? Sonríe vagamente pidiéndole respuesta. La mujer le devuelve una mueca parecida a la sonrisa, algo con aire de pregunta, desconfianza o desaprobación. Pide la parada, paga, se baja.

En la esquina encuentra el puesto de periódico y repite el cotidiano ademán. El toma y daca de los 25 centavos, y enrolla el bulto de papeles entintados bajo el brazo. Aún no sabe por qué lo hace. Ni siquiera lo lee. Apenas los titulares en los que su vida rutinaria y gris, empapelada de disimulo y frases hechas, embadurnada de agonía y soledad no es tomada en cuenta ni siquiera en las páginas de la tira cómica. Ni en las predicciones del horóscopo, sorteado una y otra vez de signo en signo.

Llega al trabajo. El cristal de la puerta le dice que nada ha cambiado en el camino. Que el milagro no ocurrió tampoco hoy. Que deberá continuar en esa rigidez constante, en esa pose y con esa armadura pesada y rotunda dentro de la cual oculta un alma tierna y generosa, arrugada ya por la mentira.

Se le escapa un gesto equívoco para acomodar el mechón de pelo que le cae sobre el rostro.

En la recepción, la secretaria le informa que el jefe quiere hablarle.

--Señor Estévez --reclama el jefe cuando abre la puerta--, tengo 15 minutos de estarlo esperando.


EYACULATIO PRECOCE

Para Salo y su entusiasmo

L o hicimos como si fuera la cosa más natural del mundo. Uno por uno. Sin asco, sin vergüenza. La fuimos acorralando con la complicidad de la noche. Ya no recuerdo si estábamos borrachos, o simplemente era la locura del poder que da el sentirse joven e invencible frente a cualquier argumento moral. De ejercer dominio y control frente a la indefensión ajena.

Desde que la vimos, cada uno de nosotros pensó lo mismo. Ella era exótica, diferente. Auténtica presa para un cazador en vacaciones. Esto era más que suficiente para hacerla atractiva a nuestros deseos. Estábamos seguros de que no la íbamos a poder convencer por las buenas aparte de que ella no hablaba nuestro idioma ni manejaba nuestros códigos ni los signos más elementales de nuestro modo de estar en el mundo. Lo único que en realidad nos interesaba de ella era su miedo, su confusión, su sometimiento a nuestra voluntad.

Aunque todos lo pensamos, la idea era tan descabellada que ninguno se atrevía a exteriorizarla de buenas a primeras. Así estuvimos algún tiempo hasta que Alberto a quien llamábamos "Borriguero" sacudió la escarcha, viendo que el tiempo se escapaba y nada ocurría.

--Ustedes tan ahuevaos. ¿Quién se va a dar cuenta?-- dijo, mientras se desabrochaba la bragueta y orinaba en la llanta del carro de Roque.

--No se trata de eso. Es que tenemos que ponernos de acuerdo. A mí lo que me preocupa es que me caiga una cosa ahí-- agregó Catín.

--No seas pendejo tú-- dijo el Fulo encendiendo un cigarro de mariguana. --Te pones un condón y ya.

--Bueno, y cómo lo vamos a hacer es lo que yo quiero saber-- inquirió Roque mirando contrariado la llanta meada.

--Todos al mismo tiempo, idiotón--. Dijo Borriguero en son de burla --Es muy fácil, esperamos que sea muy tarde y le damos materile uno por uno. No veo otra manera.

--Pero es que... yo nunca lo he hecho con una así. No sé... manifestó Roque con tono de duda --creo que no está bien. Si alguien se entera nos vamos a meter en tremendo trobel.

--¡Bah! déjate de mariconerías. Esta noche a las 11, nos vemos atrás de la cerca de la tienda.

Después de esta especie de orden del Borriguero, a pesar de las dudas dispersas en el aire, cada uno se fue para su casa sin soltar ni por un instante el manojo de pensamientos sobre el acto que íbamos a cometer. Una especie de rito que para nosotros, los adolescentes de aquel pueblo de mierda que había ido creciendo al mismo tiempo que nosotros sin que nos diéramos cuenta, era una prueba de algo que no habíamos podido definir y que tenía relación con nuestra virilidad aún no convincente para las muchachas del lugar.

A las 11 estuvimos todos allí. El silencio se incrustaba en nuestro ánimo. Quizás porque cualquier palabra surtiría el efecto de un dardo en el centro del ojo. Nuestra incertidumbre apenas suavizada por las cervezas previas, nos ponía una sensación giratoria en la mitad del estómago, un sudor frío que se desprendía de nuestras manos, una sensación de pozo en el pecho.

Todo ocurrió muy rápido en una confusión de grito y esperma derramado. En un no sé qué de lucha nerviosa y placer equívoco. En una perplejidad entre nuestro apuro y la incomprensible quietud sin resistencia de ella.

No supimos en qué momento, una buena parte del personal instalado en esos momentos en la cantina contigua a los terrenos en que estaba el circo se abalanzaron sobre nosotros para sacarnos de nuestro descabellado desenfreno, en medio de carcajadas, palabras sucias y pescozones.

El dueño del circo decidió sacarle provecho a la situación. Luego de largas deliberaciones que culminaron en una coima de consideración, retiró los cargos razonando ante el juez sobre nuestra condición de menores de edad y tomando en consideración el buen estado en el que, a pesar de todo, se encontraba la joven elefanta.

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