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Ramón Emeterio Betances: Renovación historiográfica en los albores del centenario de su fallecimientoJosé M. García Leduc
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l Dr. Ramón Emeterio Betances ocupa
un lugar privilegiado en el procerato
puertorriqueño. El historiador Félix
Ojeda Reyes afirma que "aunque todavía se
le venere a pedazos, como decía Pedreira,
Ramón Emeterio Betances es la figura
cimera del patriotismo puertorriqueño."1
Posiblemente habrá quienes discrepen de
esta apreciación y reclamen la distinción
para otros patriotas puertorriqueños. No
obstante, existen testimonios a favor de
la primacía de Betances vertidos por
algunos de sus contemporáneos más
prominentes. Así, por ejemplo, a pesar de
que existieron algunas desavenencias entre
ambos, Eugenio María de Hostos reconoció
a Betances como el "primer ciudadano de
Puerto Rico". Por su parte, José Martí
afirmó que Betances era "el corazón de su
país con el que Cuba se hermana y se
abraza porque son pocos los hombres en
quienes como él, el pensamiento va
acompañado de la acción, la superioridad
del desinterés y el mérito extraordinario
de la mansa modestia."2 Estos
reconocimientos emanaron de dos de las
estrellas más brillantes del firmamento
intelectual y patriótico antillano quienes
supieron aquilatar sin ambages el valor
indiscutible de su procerato.En el siglo XIX Betances fue el revolucionario puertorriqueño por excelencia y el forjador del más avanzado proyecto revolucionario antillano concebido en el establecimiento de la Federación Antillana. Este proyecto, como ha señalado Carlos Rama, no era "una idea utópica en la pluma de un escritor visionario, sino un concreto plan de acción revolucionaria, a través del cual se pretende adiccionar [sic.] fuerzas locales menguadas, en una unidad superior capaz de terminar con el viejo imperialismo español, y detener el nuevo que asoma por el norte."3 La proyección del patriotismo betanciano trascendió los límites de Puerto Rico. Betances luchó con igual denuedo por la independencia de Cuba como por la conservación de la independencia y por la democracia en la República Dominicana y Haití. En otras palabras, que Betances fue un patriota de dimensión antillana. Andrés Ramos Mattei acertó al afirmar que para "Betances somos antes que nada antillanos, independientemente del grupo racial a que pertenezcamos".4 En el caso de Haití son conocidos sus esfuerzos por la libertad y dignidad de los haitianos, víctimas del racismo degradante del imperialismo occidental y del desamparo de algunos de sus dirigentes. Betances fue uno de dos prologistas del libro Les détracteurs de la race noire et de la République d'Haiti publicado en 1882 por un grupo de intelectuales haitianos residentes en Francia para refutar los insultos del periodista racista Léo Quesnel en contra de la raza negra y de Haití. Estos lo escogieron para ello porque reconocían a Betances como "su más importante aliado entre los latinoamericanos."5 La figura de Betances tuvo otro aspecto paradigmático que Ada Suárez Díaz expresa en las siguientes palabras: Es Betances, probablemente, el primer puertorriqueño mixto, con clara conciencia de lo que es en términos raciales; el primero en aceptar su condición de mulato, sin que el hecho de llevar algún porcentaje de sangre negra en sus venas le cause desgarres psicológicos; es el primero, no hay duda, en tener conciencia de su negritud. Para él, su realidad racial está en igual categoría que la blancura de los blancos.6 Esta conciencia se hizo compromiso y acción en sus luchas por la abolición de la esclavitud, el primero entre los "Diez mandamientos de los hombres libres" que redactó en 1867; y en sus denuncias del discrimen racial predicando la "hermandad entre todas las razas".7 Estas luchas trascendieron el ámbito antillano y el latinoamericano a la par que acrisolaron su procerato junto, y de igual a igual, al de otros próceres antillanos como José Martí y Eugenio María de Hostos. Hace algunos años que estudiosos puertorriqueños y de otras nacionalidades (e. g., cubanos, uruguayos y franceses), a veces concertadamente y otras separadamente, se han esforzado por rescatar para el presente y para la posteridad la figura y la obra histórica del Dr. Ramón Emeterio Betances, "el antillano proscrito".8 Ha sido y es un esfuerzo intelectual relevante para todos los puertorriqueños, antillanos y latinoamericanos comprometidos con las ideas de libertad, democracia y justicia a las que el prócer puertorriqueño dedicó su vida y recursos, sobre todo hoy, cuando se aproxima el centenario de su muerte, acaecida en las afueras de París el 16 de septiembre de 1898. Esto porque Betances, como bien afirma Paul Estrade, representa "lo mejor --o sea, lo más lúcido, lo más abierto, lo mas fecundo-- de la etapa histórica en la que Puerto Rico comenzó a vislumbrar, entre tinieblas, un futuro que fuera de prosperidad y dignidad."9 Estos estudiosos han aportado artículos y libros que han profundizado sobre aspectos relevantes de la vida y obra de Betances. Dos aportaciones recientes, ejemplos de este esfuerzo, son los libros de Paul Estrade y Félix Ojeda Reyes, Ramón Emeterio Betances: el anciano maravilloso (Río Piedras: Instituto de Estudios del Caribe-Comité del Centenario de 1898 Universidad de Puerto Rico, 1995); y Frank Fernández, La sangre de Santa Agueda. Angiolillo, Betances y Cánovas (Miami: Ediciones Universal, 1994). Ambos libros estudian algunas de las gestiones más sobresalientes, y en ocasiones conflictivas, a favor de la independencia de Cuba y Puerto Rico del prócer puertorriqueño durante los últimos años de su vida. Están escritos con un sentido de compromiso y calor humano que en ocasiones calan profundamente en la fibra sentimental y patriótica del lector al que hacen partícipe de la tragedia inherente a la vida del prócer que dio lo mejor de su persona y recursos a la lucha por la independencia de las Antillas y la libertad y dignidad de los antillanos. Estos son contribuciones genuinas a la historiografía betanciana.
A. El anciano maravilloso:Ramón Emeterio Betances: el anciano maravilloso está dividido en varias secciones preparadas por el historiador puertorriqueño Félix Ojeda Reyes y el historiador francés Paul Estrade. El primero redactó el texto titulado "Los últimos días de Betances"; seleccionó un apéndice sobre los "Betances: Comunicados de Guerra", aparecidos en inglés en la edición europea del New York Herald, y una sección de "Imágenes y documentos" con fotografías, facsímiles de documentosy citas relevantes al tema. Por su parte, el segundo aportó dos interesantes textos titulados "Facultad y ciencia de la comunicación social en Betances" y "Betances en su segunda patria". El texto de Ojeda Reyes sintetiza gran parte del trabajo realizado por Betances durante los últimos dos años de su vida cuando actuó a la vez como Agente Diplomático de la República de Cuba en Francia, Delegado del Partido Revolucionario Cubano y Presidente Del Comité Cubano de París. Al respecto señala el historiador puertorriqueño que: Es sorprendente el cúmulo de trabajo por la libertad de Cuba acumulado por el Doctor Betances en esos dos últimos años de su vida. Fue aquel un período de mucha devoción y servicio a la causa independentista de la mayor de las Antillas. (15) Ojeda Reyes hace un inventario "apretado" en el que sintetiza en diez puntos las principales actividades a favor de la independencia de Cuba realizadas por Betances durante esos dos años. En el noveno señala que Betances "apoya y fomenta la creación de múltiples organismos europeos en solidaridad con la independencia de Cuba." (15-16) Dentro de este ámbito es que Frank Fernández ubica a Betances en su libro en el que abunda sobre la relación de Betances con los anarquistas y el controversial ajusticiamiento en 1897 del ministro español Antonio Cánovas del Castillo por el anarquista italiano Michele Angiolillo y Galli. El primer texto de Paul Estrade destaca el carácter caribeño de la gestión desplegada por Betances en Francia y la maestría que exhibió en lo que hoy se llama ciencia de la comunicación social. Estrade afirma que: Betances fue en sí mismo un Instituto del Caribe. Lo llevó por todas partes. Primero, le dio cabida en su maletín de proscrito errante. Después lo instaló, por veinticinco años, en su apartamento parisino, que también era sala de consulta y salón de lectura... Hubiera bastado situarse, del 1895 al 1898, frente a su casa en la calle Chateaudun de París- cual el espía español que solía vigilarlo- para darse cuenta de ese instituto, aunque incipiente y extra-oficial, era vivo; que allí entraban y salían hombres de las más diversas procedencias nacionales y sociales, predominando no obstante los Antillanos; que allí venían a visitar al Doctor los reporteros de muchos periódicos de París en busca de la información que las agencias les ocultaban; convirtiéndose así el salón en un centro fecundo de comunicación social por la vía oral. (86- 87) El historiador francés descubre como Betances, "el patriota intransigente y cerrado" y "el conspirador impenetrable y empedernido", se convirtió en el Betances "maestro de la comunicación social". Recurriendo a testimonios de sus contemporáneos, Estrade ilustra la maestría de Betances en el arte de la conversación en la que "ejercía la mayor influencia y hasta fascinación sobre el interlocutor y se ganaba amigos, es decir, nuevos simpatizadores a la causa revolucionaria." Además, Betances era un respetuoso y perspicaz oyente que escuchaba, leía y auscultaba lo que tenían que decir los demás. Estrade cita palabras del escritor cubano Domingo Figarola-Caneda, que impresionado con estas cualidades escribió en 1896 que Betances "muy dueño de sí mismo no se deja llevar; lo ve todo, lo oye todo, no dice sino lo imprescindible y adivina lo que se le disimula." (92) El medio de comunicación social masivo principalmente utilizado por Betances fue el periódico, "entonces en plena expansión, y cuya potencialidad, soltura y hasta libertad en ciudades como Nueva York o París, parecía portentosa e ilimitada." Betances nunca tuvo un periódico a pesar que en múltiples ocasiones se expresó acerca del "arma formidable" que sería tener un periódico para exponer y propagar sus conceptos revolucionarios. Esto no impidió que se las ingeniara "para estar presente simultáneamente en muchos periódicos ajenos." Estrade sugiere que Betances no hizo esfuerzos genuinos por tener su propio periódico, primero, porque comprendió "que el sostenimiento de un periódico sobrepasaba sus recursos"; y, segundo y más importante, porque "al estimar que el público al que quería convencer no vendría espontáneamente al periódico que fundara, decidió ir al encuentro de ese público múltiple a través de la prensa que leía." Betances otorgaba mayor importancia a la publicación de "un artículo breve e insinuante a favor de Cuba libre en un periódico francés que a un frenético y rimbombante editorial que encabezara un órgano del separatismo cubano de la emigración" (93-95). Postura ésta que no entendieron o tergivesaron algunos sectores interesados del exilio cubano en París que en 1897 lo acusaron injustamente de ser el causante del cierre del semanario La República Cubana.10 Betances pudo utilizar eficazmente la prensa parisién para la promoción de la causa de la independencia de Cuba y de la revolución antillana por su dominio de la lengua francesa. En el segundo texto Paul Estrade aborda con calor y sentimiento el tema de la relación de Betances con Francia. Este residió en Francia cuarentaicinco de los setentaiún años que vivió. Allí estudió su bachillerato; hizo el doctorado en medicina; fue investigador científico distinguido admitido como miembro de la Academia de Medicina de París; y fue diplomático galardonado con la Legión de Honor. Francia fue su segunda patria. Estrade estimula a los puertorriqueños en los albores del primer centenario de su muerte al encuentro con Betances como el padre de la patria puertorriqueña. Betances quiso y agradeció a Francia su acogida por tantos años de su interminable exilio, pero ni por un instante la confundió con su primera y añorada patria, Puerto Rico, ni con las Antillas, por cuya independencia y libertad luchó sin dobleces hasta su muerte. El historiador francés señala que: Antes de dedicarle tiempo a Betances, dediqué años a leer y a valorar la obra de José Martí, el ilustre y arrebatador cubano. conociendo, apreciando y admirando a ambos, de preguntarme alguien quién es el más grande, contestaría: "entrambos a dos". Estoy convencido que algún día al forjador Betances su patria le otorgará el lugar preeminente que Cuba le concedió respetuosamente al fundador José Martí. (117) Palabras aleccionadoras que deben calar profundamente en todos los puertorriqueños con conciencia y orgullo de serlo. En otras palabras, que este escrito de Paul Estade tiene un carácter más exhortativo que historiográfico. Esto lo diferencia de un escrito anterior de su compatriota Jacques Gilard sobre el mismo tema de Betances y Francia.11 Gilard trabajó con mayor rigor historiográfico y su enfoque fue más crítico . Este no tan solo destacó lo que Francia le brindó, sino también las limitaciones que le impuso. En este sentido Gilard concluye que la principal aportación de Francia a Betances fue "el acceso al saber" aspecto en que también Francia "sí supo apreciarlo". No obstante, el historiador francés señala que "Betances era más que todo, era únicamente un hombre de la Historia, un revolucionario. En lo fundamental, en la lucha emancipadora, en la concientización histórica y cultural, Francia fue para él una rémora, o un gran vacío." Sin embargo, Gilard concluye con una nota positiva, pues opina que Betances logró superar con creces las "limitaciones y dolencias afectivas" del destierro porque "el pensamiento betanciano es hoy más vigente que entonces, y mañana lo será más que hoy." (89-90)
B. El magnicidio de Cánovas:La sangre de Santa Agueda: Angiolillo, Betances y Cánovas, del historiador Frank Fernández, cubano de la diáspora, trata sobre el magnicidio del ministro español Antonio Cánovas del Castillo y sus consecuencias históricas. Así, pues, Fernández aborda el tema de las relaciones de Betances con el anarquista italiano Angiolillo, ejecutor del magnicidio, y la participación del prócer puertorriqueño en el controversial ajusticiamiento. Este afirma escuetamente que "tanto Betances como Michele Angiolillo han sido, cuando no enterrados, ignorados o distorsionados por quienes han presentado las historias de Cuba, Puerto Rico y España." (94) En la introducción Fernández explicita que la motivación principal de escribir el libro fue "aclarar algunos rincones sombríos del magnicidio perpetrado por el anarquista Michele Angiolillo aquel verano de 1897." Estos lugares han permanecido oscuros a pesar de la abundante documentación existente sobre el asunto. Fernández considera que los cronistas e historiadores que han abordado el tema "nunca han esclarecido totalmente o con entera veracidad, las relaciones que existieron entre Angiolillo y el doctor Ramón Emeterio Betances, ni las consecuencias que se derivaron de la desaparición del presidente del Consejo de ministros de España, personaje clave en el destino de esa nación." (xvii) Sin embargo, el historiador cubano no sólo se planteó arrojar luz sobre los "rincones oscuros", sino también la revisión crítica de la historiografía existente sobre el tema. Fernández simpatiza con el movimiento "anarquista" y es un especialista reconocido de la historia del "anarquismo". Esta postura y estos conocimientos son fundamentales en su tratamiento del tema. De hecho uno de los aspectos más sobresalientes del libro es el recuento del trasfondo histórico del anarquismo durante las últimas décadas del siglo XIX y la relación de los anarquistas con el movimiento independentista cubano. Curiosamente Fernández reconoce con honestidad que su versión "es subjetiva" quizás como un medio para destacar el que nunca ha creído "en la falacia de los parametros academicistas de la objetividad histórica." No obstante, aclara que no escribió el libro "con la idea de justificar el magnicidio, aunque exponga y analice las razones del agresor, la situación que lo rodeaba y el mundo que le tocó vivir." (xviii) En este sentido Fernández pretende rescatar para la historia la figura olvidada del anarquista Angiolillo, sin justificar ni condenar el magnicidio, lo que es una aspiración admirable para un historiador que expresa a priori su rechazo de lo que denomina "los parámetros academicistas de la objetividad histórica"! Tomo distancia con esta postura advirtiendo que lo que otorga "credibilidad" al relato histórico son precisamente esos "parametros de objetividad" que a pesar de todo Fernández se cuidó mucho en seguir. El que su versión del tema sea "interesada" o, como él expresa, "subjetiva", no impidió que lo tratara siguiendo en líneas generales los "parámetros academicistas de la objetividad histórica". Por eso su relato es creíble y su libro es una genuina aportación a la historiografía sobre el tema. Fernández asigna al magnicidio de Cánovas del Castillo un papel agente en el desenlace de los acontecimientos que culminaron en 1898. Este fue "el incidente" que, por un lado, "abrió la caja de Pandora de las ambiciones estadounidenses en las Antillas y el Pacífico", y, por el otro lado, provocó que España perdiera lo que le quedaba del Imperio y de su prestigio internacional. Y estas circunstancias, a su vez, convirtieron a Puerto Rico y Filipinas en colonias de los Estados Unidos y a Cuba en "una república mediatizada y pesimista", pasando de "una autonomía extranjera a otra, a pesar de haber luchado por más de treinta años por la independencia." (xx- xxi) Esta apreciación descansa sobre su juicio altamente positivo de la capacidad de Antonio Cánovas del Castillo como político y diplomático y, por el contrario, de su juicio altamente negativo de los políticos que tomaron las riendas del gobierno español después de su asesinato (e. g., Práxedes Mateo Sagasta). Fernández afirma que: Ante E.E. U.U. Cánovas del Castillo había sabido superar las diferencias que existían entre las dos naciones en relación con Cuba y su determinación de mantener la soberanía sobre la Isla era incuestionable. Cánovas había sido uno de los políticos más inteligentes y capaces de Europa. En el campo diplómatico, por ejemplo, España se podía dar el lujo de no tener enemigos en el continente y de haber podido salir del aislamiento en que estuvo sumergida como nación. (126) Mientras que Sagasta "era inferior en casi todo a Cánovas". Sin entrar en las fortalezas o debilidades de esta tesis y asumiendo que los juicios sobre Cánovas del Castillo son correctos, Fernández distingue la capacidad de Cánovas como diplomático, quien defendió efectivamente en el plano internacional los intereses imperiales españoles, y el Cánovas autor y principal responsable de la política "criminal, brutal y genocida" en contra de Cuba (ejecutada por el general Valeriano Weyler) y de la ejecución, represión y tortura brutal de las anarquistas españoles. Estos excesos represivos por lo menos "explican" el magnicidio perpetrado en la persona de Cánovas por el anarquista Angiolillo supuestamente bajo la dirección intelectual del revolucionario antillano Dr. Ramón Emeterio Betances. Y esta distinción es la que hace posible el planteamiento fundamental de Fernández. El magnicidio de Cánovas se explica dentro del contexto de la lógica del anarquista (Angiolillo) que lo perpetró y la del revolucionario antillano (Betances), que lo definió como el blanco para la venganza del anarquista por lo que pudo significar para el adelanto de la causa de la independencia de Cuba. No obstante, ninguno de los dos (sobre todo Betances) pudo preveer el verdadero impacto que el hecho tendría sobre el curso de los acontecimientos políticos que le siguieron. En otras palabras, que el "vacío" generado por la muerte de Cánovas a quien única y realmente benefició fue el imperialismo estadounidense en ascenso. El análisis hecho por Fernández sugiere que el magnicidio de Cánovas fue "una tragedia" no tanto por su muerte --por lo menos explicable--, sino por sus efectos negativos sobre España, Cuba y Puerto Rico. La participación del Dr. Ramón Emeterio Betances en el magnicidio de Antonio Cánovas del Castillo es uno de los aspectos más interesantes del libro de Frank Fernández. El magnicidio se dio en el contexto de la violencia existente en España desde principios de 1890 generada por las huelgas y atentados anarquistas y en el contexto de la reacción del gobierno español que Fernández denomina "el sistema canovista", consistente en "fusilamientos, deportaciones, cárceles y torturas". (21) En los párrafos anteriores se adelantó lo fundamental de la participación que Fernández atribuye al prócer antillano en la muerte del ministro español. Esta plantea una revisión al relato tradicional fundamentado en el testimonio de Luis Bonafoux cuya credibilidad, por lo menos al respecto, Fernández cuestiona seriamente. Fernández apunta la falta de lógica en el relato de Bonafoux y lo pone en entredicho. Bonafoux afirma que Betances, después "de reprobar en términos generales el asesinato", a los pocos días hizo llegar a Angiolillo mil francos en un sobre con su nombre.12 Así, por ejemplo, Fernández plantea las siguientes preguntas: "¿cómo se podía recibir una cantidad de francos 'anónimamente' en un sobre del doctor Betances?"; "¿quién fue el mensajero que llevó a las señas indicadas por el Angiolillo el sobre con el dinero?". Este sospecha que el relato no pasa de ser "una invención dramática o una narración interesante de Bonafoux y no un hecho real del que no existe hasta este momento ninguna prueba o fuente histórica que [lo] respalde o compruebe..."13 Paul Estrade en otro de sus libros expresó reservas a medias sobre el relato de los mil francos porque "ninguna huella escrita de esta 'ayuda' existe en la contabilidad o la correspondencia del prudente doctor..." No obstante, a renglón seguido añadió que esto en nada contribuía a resolver la cuestión.14 Fernández rechaza la conclusión de Estrade señalando que "si no existe 'ninguna huella' o prueba alguna, ¿cómo se puede acusar a Betances de haberle facilitado a Angiolillo mil francos?" Este lamenta que el historiador francés no haya aportado al respecto "más conclusiones a sus propias dudas." (82) Fernández reconoce a Betances como el autor intelectual del magnicidio porque fue quien identificó a Cánovas como el blanco "ideal" para la acción que Angiolillo ya había decidido perpetrar como escarmiento a las autoridades españolas por las ejecuciones y torturas de los anarquistas españoles acusados justa o injustamente de perpetrar actos terroristas. En otras palabras, que Betances no reclutó a Angiolillo para que ajusticiara a Cánovas; y, menos aún, tampoco le pagó anónimamente para que realizara el magnicidio como afirma Luis Bonafoux. (80, 94) Las conclusiones del historiador cubano otorgan más crédito al relato del cubano Gabriel Landa y Chao, quien escribió "una crónica casi desconocida" (publicada en París en 1938) citado testimonios atribuidos a Betances sobre el asunto. El autor residió en París durante la guerra de independencia de Cuba cuando era adolescente, pero alegadamente tuvo el beneficio de contar con el relato de su tío Gabriel Landa González, quien fue "amigo, colega y compañero de estudios del Médico puertorriqueño en la Sorbona; residente y participante en París del Comité Cubano..." Además, su relato fue corroborado por Miguel Sánchez Toledo y Tirso Mesa, dos acaudalados cubanos también residentes en París. Fernández se compromete con la obra de Landa que considera "ofrece un relato original de la relación entre Betances y Angiolillo, que entendemos que es realmente cierto y definitivo..."15 De acuerdo a este relato Betances conoció a Angiolillo en una de las tertulias o veladas que organizaba en su casa en París a las que asistían amistades del galeno puertorriqueño. Entre éstos se encontraba un grupo de anarquistas italianos y de otras nacionalidades. En la velada Angiolillo fue introducido a Betances por uno de éstos llamado Domenico Tosti. Varios días más tarde Angiolillo regresó sólo a la casa de Betances realizándose la conversación que tanto ha intrigado a los historiadores. Allí fue que Angiolillo expresó a Betances sus planes del magnicidio señalando como blanco a Alfonso XIII, Rey de España. Betances alegadamente lo increpó alertándolo sobre la gran repugnancia que provocaría en todo el mundo porque el Rey era un niño que no era responsable de los actos que realizaba el Gobierno español. El anarquista italiano sugirió entonces a la Reina Madre y Regente, ante lo cual expresó el revolucionario puertorriqueño igual reticencia señalando que "haría muy mal" porque nunca encontraría "justificación el atentanto perpetrado en la persona de una mujer." Entonces fue que Betances comprometió lo que aparentemente fue su única participación en el asunto del controversial magnicidio cuando expresó a Angiolillo que "en España no hay más que un verdadero retrógado y reaccionario y es ése precisamente el que mantiene a Cuba con su política de '[hasta el] último hombre y la última peseta', que ahoga todos los esfuerzos que por liberarla hacen los patriotas; ese hombre es Antonio Cánovas del Castillo." El anarquista italiano ni asintió ni rechazó los señalamientos del revolucionario puertorriqueño marchándose poco después. Sin embargo, al otro día regresó a despedirse y diez días después ejecutó a Antonio Cánovas del Castillo en el balneario de Santa Agueda.16 El relato que Landa atribuye al propio Betances sólo compromete al revolucionario puertorriqueño en el magnicidio al definir a Cánovas como el blanco "ideal" para la venganza que el anarquista ya antes había decidido ejecutar. En otras palabras que, Betances no planificó ni financió el magnicidio de Cánovas dándole "anónimamente" a Angiolillo mil francos. Además, restablece la imagen de Angiolillo, pues reconoce que el magnicidio fue un simple acto de represalia realizado "motu propio", por los fusilamientos y torturas de anarquistas y la política genocida en Cuba bajo el gobierno de Cánovas, sin que mediara ningún tipo de ayuda monetaria que no solicitó a Betances. No empece a lo coherente del relato de Landa, existe el problema de que es un testimonio oral de segunda mano. Aunque se cita textualmente el testimonio de Betances sobre sus relaciones con Angiolillo, lo que realmente se conserva es el recuerdo del tío de Landa según lo registró este autor. Así, pues, aunque alegadamente es un testimonio de primera mano, no lo es realmente. Fernández lo acepta como esencialmente verídico por su coherencia y armonía con la personalidad y conducta de Betances como revolucionario y la de los anarquistas que estuvieron dispuestos a sacrificar sus vidas en atentados como el perpetrado por Angiolillo sin otro fin que el de exponer sus ideas, y adelantar y defender las causas que defendían. Desde luego que habrá también quienes lo cuestionen por las razones antes expuestas; o sea, porque es un testimonio oral de segunda mano. Sin embargo, la realidad es que éste es un asunto que hasta el presente no se ha podido esclarecer con testimonios escritos explícitos de primera mano. Por lo menos, se conocen varios testimonios de Betances en los que hizo alusión al magnicidio de Cánovas. Uno fue su declaración sobre el hecho a la prensa parisién y a la que escuetamente expresó que "no aplaudimos pero tampoco lloramos."17 Otro se encuentra en una de sus cartas a Gonzalo de Quesada (París: 18 de agosto de 1897) en la que se refirió a "la venganza de Maceo ocurrida en Santa Agueda..."18 Ambos textos no reconocen participación alguna en el hecho, pero sugieren encubierta o abiertamente su aceptación como positivo a la causa de la independencia de Cuba que Betances defendía. Sin embargo, hay que reconocer que la naturaleza comprometedora del asunto sugiere que lo más probable es que los protagonistas dejaran pocos rastros escritos explícitos de lo que realmente ocurrió. De ahí la importancia de los testimonios orales, como el rescatado y utilizado por Fernández, a pesar de las reservas que se puedan levantar. Por lo menos éste brinda otra alternativa sobre el controversial asunto que el brindado por Luis Bonafoux, repetida y aceptada por otros autores con diferentes propósitos. La participación que Landa atribuye a Betances en el magnicidio de Cánovas del Castillo lo que hace es corroborar una de sus facetas como revolucionario: la de conspirador. Frank Fernández reconoce que Betances: Instigó dentro de la propia España para evitar el traslado de tropas a Cuba, preparó huelgas dentro de la península, combatió a sus enemigos hasta el último momento de su vida y orientó certeramente al anarquista Angiolillo en su misión de Santa Agueda.19 En otras palabras que, independientemente de si suministró o no a Angiolillo los "mil francos", Betances entendía que los "revolucionarios verdaderos hacen lo que deben hacer". Conspirar en contra del enemigo para adelantar la revolución era uno de esos deberes. En 1896 Betances había conseguido a dos catalanes "conocidos y acostumbrados a manejar dinamita" para atentar en contra del general Valeriano Weyler. Sin embargo, éstos no pudieron ir a la Habana porque alegadamente quien le ofreció los fondos para la operación "cogió miedo". Betances se describió a sí mismo como "hombre que no reculaba ante una empresa" cuando era necesaria para el éxito de la causa que defendía. Así, pues, no deben existir dudas de que Betances como revolucionario era capaz de conspirar organizando atentados políticos personales.20
C. Consideraciones finales:Antes de finalizar es necesario recoger las discrepancias existentes entre Félix Ojeda Reyes y Frank Fernández en la caracterización ideológica de Betances como revolucionario. Ojeda Reyes en su libro La manigua en París: correspondencia diplomática de Betances (San Juan, 1984) afirma que "Betances conservó una extraordinaria afición a los métodos de lucha postulados por Louis Auguste Blanqui..."21 La filiación "blanquista" que Ojeda atribuye al prócer puertorriqueño la fundamenta en su praxis conspirativa y su disciplina revolucionaria. Ojeda opina que la infraestructura organizativa clandestina que Betances definió para la lucha abolicionista y para la conspiración que culminó en el Grito de Lares (1868) en Puerto Rico eran de carácter "blanquista". No parece que Ojeda extienda más allá de estos aspectos la filiación "blanquista" de Betances; o sea, que por lo menos en el libro antes citado, afirma categóricamente la filiación de Betances a las ideas socialistas de Blanqui y los "blanquistas". Sin embargo, Frank Fernández afirma que Ojeda, "de una forma bastante caprichosa", a situado a Betances en el campo socialista al afiliarlo dentro de las ideas de Blanqui, filiación que rechaza por completo añadiendo que: Por sus innegables relaciones con los anarquistas, todo lo cual hemos expuesto, desde Charles Malato a Domenico Tosti, y desde Michele Angiolillo hasta Tarrida del Mármol, además de su afinidad por los métodos anarquistas, se podría escribir alegremente que el galeno puertorriqueño sentía una proclividad innata hacia las ideas ácratas. Esto, por supuesto, sería tan incierto como que Betances era un blanquista.22 En su opinión Betances era un "rebelde, más cerca del corte carbonario de Giuseppe Garibaldi o Benito Juárez" que de los anarquistas o de los blanquistas con los cuales se relacionó y buscó su apoyo para la causa de la independencia de Cuba y Puerto Rico. Reitero que me parece que la filiación "blanquista" que Ojeda atribuye a Betances no es absoluta, sino que descansa en su carácter de conspirador y en su dsiciplina como revolucionario. Estos atributos los compartieron por igual anarquistas y "blanquistas". Sin embargo, corresponde al historiador betanciano puertorriqueño reaccionar a los señalamientos de Fernández. No obstante, respecto a la caracterización que el último hace de Betances de "rebelde", está en franca contradicción con la visión que Betances tenía de sí mismo como "revolucionario". La distinción no es semántica y Betances estaba consciente de las diferencias entre uno y otro. Betances no se consideraba a sí mismo como un simple rebelde, sino como un revolucionario.23 Corresponde a los historiadores que se han dado a la renovación de la historiografía betanciana determinar el contenido de esta auto caracterización. En otras palabras, éstos deben aclarar la concepción betanciana del revolucionario y de la revolución. Me parece que un buen punto de partida es la caracterización ensayada por Carlos M. Rama que reconoce la complejidad de la ideología del prócer antillano vinculado a la vez con el liberalismo decimonónico y las corrientes más democráticas y radicales de las postrimerías del siglo XIX como las anarquistas y las socialistas.24
2. Citados por Carlos M. Rama, La idea de la Federación Antillana en los independentistas puertorriqueños del siglo XIX (Río Piedras: Ediciones Librería Internacional, 1971), 13; y Carlos M. Rama, ed., Ramón Emeterio Betances: Las Antillas para los antillanos (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1975), 271. 3. Rama, La idea de la Federación Antillana, 14-15. Es lamentable que algunos intelectuales latinoamericanos a estas alturas al hablar de la idea y el proyecto de la Confederación Antillana se refieran sólo a Hostos y a Martí sin reconocer la importancia de Betances al respecto. Ver Carmen Durán de Avelino García, Eugenio María de Hostos, vigencia y proyección del antillanismo, en Julio César López, ed.-- Instituto de Estudios Hostosianos, Hostos: sentido y proyección de su obra en América (Río Piedras: Instituto de Estudios Hostosianos-- Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1995), 5-10. 4. Andrés A. Ramos Mattei, Betances en el ciclo revolucionario antillano: 1867-1875 (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1987), 2. 5. Carlos M. Rama, La independencia de las Antillas y Ramón Emeterio Betances (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1980), 110-113. 6. Ada Suárez Díaz, El doctor Ramón Emeterio Betances y la abolición de la esclavitud (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1984), 9. 7. José Ferrer Canales, Asteriscos (Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1990), 161-171. 8. Carlos N. Carreras, Betances: el antillano próscrito (San Juan: Editorial Club de la Prensa, 1961). 9. Paul Estrade, Betances en su segunda patria, en Paul Entrade y Félix Ojeda Reyes, Ramón Emeterio Betances: El anciano maravilloso (Río Piedras: Instituto de Estudios del Caribe--Comité del Centenario de 1898 de la Universidad de Puerto Rico, 1995), 116-117. En referencias posteriores será citado: Estrade, Betances en su segunda patria. 10. Frank Fernández, La sangre de Santa Agueda: Angiolillo, Betances y Canóvas (Miami: Ediciones Universal, 1994), p. 101-102. 11. Jacques Gilard, Betances y Francia, en Varios, Ramón Emeterio Betances (San Juan: Casa Nacional de la Cultura-- Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1980), 57-90. 12. Luis Bonafoux, Betances (San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1970), xx. 13. Fernández, 86. Carlos N. Carreras (Betances el antillano proscrito, 174) afirma sin indicar la fuente que "se asegura que a los pocos días la Policía encontró en la casa de Angiolillo un sobre timbrado con el nombre del doctor Betances, como evidencia de que éste le había hecho el envío de los mil francos." Posiblemente lo tomó del libro del Marqués de Lema, Cánovas, el hombre de Estado que citó poco después. Fernández se refiere a la descripción que hizo el Marqués de Lema de Angiolillo, pero no al relato de Carreras. Ver, Supra, 46-47. 14. Citado de Paul Estrade, La colonia cubana de París (La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1984), 115 en Fernández, 81-82. 15. Ibid., 85. La obra utilizada por Fernández es la de Gabriel Landa, Mosaicos (France: Edit. Des Derniéres, 1938). 16. Fernández, 44-46. 17. Ibid., 64. 18. Publicada en Féliz Ojeda Reyes, La manigua en París: correspondencia diplomática de Betances. (San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe--Centro de Estudios Puertorriqueños del Hunter College City University of New York, 1984), 132-133. 19. Fernández, 108. 20. Rama, ed., Las Antillas para los antillanos, LIV, y Carta de Betances a Henna (París: 5 de marzo de 1896) 210-214; y Ojeda Reyes, La manigua en París, 132- 133. 21. Ojeda Reyes, La manigua en París, 41- 44. 22. Fernández, 97. 23. Ramón Emeterio Betances, "Recuerdos de un revolucionario" en Rama, ed., Las Antillas para los antillanos, 150-156. 24. Rama, La independencia de las Antillas y Ramón Emeterio Betances, 23-46.
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