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UN LOCO TRASMINADO DE INOCENCIA(1):
EL TEMA DE LA CREACIÓN EN LA POESÍA DE FRANCISCO MATOS PAOLI

Por: Laura Gallego

E l tema de la creación, por nuestra experiencia y encuentro con la poesía, nos ha parecido siempre fascinante.

Lo exploramos sucintamente en nuestro estudio sobre Las ideas literarias de Evaristo Ribera Chevremont. Recordamos, de nuestros años formativos con Concha Meléndez, La experiencia literaria de Alfonso Reyes. Luego El arco y la lira de Octavio Paz, texto inolvidable. Rollo May analiza el proceso en The courage to create. Marguerite Yourcenar nos conmueve por su grandeza creadora en la entrevista Con los ojos abiertos de Matthieu Galey, al evocar las nostálgicas Memorias de Adriano.

Persiste como joya hermosa y única la definición o caracterización del poema que nos brinda Octavio Paz: "El poema es poesía erguida". A nosotros nos parece que se levanta como cresta, corona inefable.

Intentamos ahora el aborde de la poesía de Francisco Matos Paoli a base del examen parcial de viente libros que conocemos. Estos constituyen una mera porción de su vasta obra, pero pueden ser representativos de los aspectos característicos del tema subyugante de la creación literaria.

El poeta, en este caso, es a la vez protagonista y espectador que ausculta su yo y su obra. Es observador a base de una suerte de desdoblamiento o escisión que va de la irradiación afectiva a la objetiva y densa reflexión intelectual, a través de la vivencia traumatizante de la poesía que no se entrega.

Como en la lucha de Jacob con el ángel, hasta que el alba subía, nos traza las instancias del proceso de creación que oscilan de la euforia por la concreción expresiva, al tedio e inermia de los estadios de aridez.

A los efectos de nuestro incipiente estudio, consideraremos los textos que van de Luz de los héroes, de 1954, a Vestido para la desnudez de 1984.

La obra total publicada de Francisco Matos Paoli amerita una abarcadora investigación y estudio de la categoría de una tesis doctoral, que no sabemos si se ha intentado.

En la poesía que conocemos predomina la perseveración o reiteración de ideas sobre el proceso creativo, que podemos anticipar en las siguientes tomas de posición:

El poeta, en su afán de romper con las formulaciones comunes, recurre a la expresión artificiosa, reiterada y deliberada, evidente en un vocabulario muchas veces extraño a la misma poesía, como rechazo a la que considera la antepoesía. Es obvio el manar de palabras conscientemente antipoéticas que dan en ocasiones al verso la impresión de ser conato de escritura automática acusada por la rima, con en el caso de los Cancioneros, en los que el ritmo lo seduce.

El poeta, desde el retraimiento afectivo, se refugia en su mundo interior en un afán desmedido de alcanzar y fijar su autenticidad. Así dispara despiadadamente mediante la expresión simbólica de ideas y sentimientos que alcanzan la cúspide de una poesía delirante, que varía de la vivencia mítica al enfrentamiento brusco y realista con la aridez.

El poeta va haciendo en forma parcial destacada, o como tema total de los poemas, observaciones y apuntaciones sobre el fenómeno creativo. Se hace patente, además, el insistente vocabulario simbólico, fijo, altamente revelador, que es una constante en esta poesía y que él calibra como categoría poética. Baste apuntar: locura, inermia, paloma, abeja, rosicler, muro, vacío, niño, inocencia, rielo, coral, raíz, mar, sangre, cruz, espejo, Luzbel, rocío, estela, nimbo, ala, lelo, pez, iris, pan, sigilo, vino, semilla...

Por la devoción mística de Luz de los héroes, de 1954, define su poesía de unción de entonces en la introducción, Acción de gracias del puertorriqueño, como "la palabra hilada en luz de ternura", "transparencia en vilo". Se mueve en lo que llama "el orbe de la Paloma", en la Cárcel de la Princesa.

Su vida es un acto de acentuación de fe patriótica y poética. No se ha dado todavía la escisión dramática del pensamiento dialogal torturante. Su poesía de entonces podría describirse, según nos indica en la Transfiguración del héroe (26) como "lucerada de candor".

En 1969 aparece El viento y la paloma y se aparta de la rima del libro anterior.

En el poema La paz (9) apunta ya a la que llama "tanta agonía en el espejo". Inicia así la lucha por definirse, por concretarse. Si contraponemos por curiosidad un espejo a otro, advertimos en el fondo del que tenemos delante una sucesión de espejos, un abismo de espejos que nos absorben lejanamente en el vacío. Así queda el poeta.

En el poema La poesía abierta se refiere al que califica de "Incomunicante llamado por otros Luzbel":

Porque existe Luzbel
ya comprendo el silencio en que me he visto
ausente de las alas. (13)

Aparece el símbolo del "muro del color aprisionado". Ese muro, pared, obstáculo formidable, lo obsede a través de toda su poesía. Pero aún quedan atisbos de rescate:
Todo el mundo me puede tocar,
y estoy a la intemperie,
como nunca, cantando.
Como hemos advertido, desde este libro se inicia la incursión en el tema de la creación en sus momentos de fertilidad y aridez.

Proseguimos la peregrinación de angustia de esta poesía. En el poema La nada protesta:

Yo sé que soy la nada:
un tumulto parlero. (15)
Las palabras le brotan sin fijarse:
(Ya voy a abrir la hermosura del rayo)
Miro en torno: el vacío me rodea,
casi asfixiado de mi mismo...
Vuelve en el titulado El mal al:
espejo inanimado que concentra
su tedio
como gris lontananza. (19) Otras veces el espejo, en el mismo poema, refleja a Dios y a la belleza:

Pero Cristo camina,
tiene un alma despierta de canciones. En esas instancias breves de su poesía hay entonces una fusión religiosa de poema y creación divina.

Igualmente en Me quedé contigo nos dice que se quedó con Dios y describe el momento de la plenitud:

Yo me acerco a las horas
de palomas colmadas. (25)
Alcanzar la poesía es lo que llama "robar el fiel rocío" que es la gracia. Cuando ésta se logra junto a Dios, se siente libertado en La felicidad (27).

Se opone a lo que describe como el Vejamen de la palabra:

Estoy mudo, Señor, y libertado
de lo que simula inermia orgullosa
en el vaivén, en el vaivén. (29)
El vaivén es el ir y venir de la aridez al encuentro con la poesía. Hay momentos en que la palabra puede ser profanada, hacerse, indica, "desierto hablado". Opta por el silencio ante la que siente como "la inútil palabra".

Callado iré a la abeja.
Me mostrará la miel hecha murmullo.
En Un cadáver: el alma, se declara "cautivo de la llama":
y abandono mi alma como un traje
enajenado... (131)
En el poema Contra el poeta exquisito rechaza "el olímpico cisne". (33)

Advertiremos que, a través de toda su poesía repudia al poeta fililí, o al que aspira a la belleza por la belleza y no por la verdad. En La belleza no basta le preocupa que esté simulando la poesía, que no es sólo belleza, sino fusión con lo absoluto. Cae en lo que subraya repetidamente como la inermia:

este papel tan blanco
que entierra al ruiseñor
por falta del abismo. (49)
Se refiere a la "libertad inconsciente que se mata así misma".

En el poema No existe la univocidad concluye que la comunicación y concreción invariable y absoluta, no existe. Busca a Dios y lo encuentra "congelado como un pez". (35)

Manan los versos anotados discursivamente. Achaca la culpa a la misma palabra:

La culpa es de los símbolos,
de la manía heroica
de matar la palabra
hasta cogerla.
Y nos dice en el poema La muerte que "hasta el silencio fabrica su rosa", y huelga la palabra. (37)

En el signado Contra la dialéctica pide "fijeza nada más, y virgen huella de rocío sellado". (39) Objeta el disputar y discurrir y cree en la intuición.

El título del libro, El viento y la paloma, implica el embate de lo indescifrable, la criatura caída.

Pierde el sentido de su mismidad en ¿La gracia? ¿La libertad? Su yo se vuelve, según describe, "inercia tempestiva":

Pero yo no soy yo,
sino aquel niño
que aprendió de la estela
el arte de jugar con Dios un día. (51)
Rechaza su verbosidad en Más allá del tiempo y de la muerte:

Yo me ceso
para la profusión, camino
más allá de la lucha. (53)
Es un alucinado. Vuelve y se afianza:

Pero Dios es presencia
que mata toda vista
con la simplicidad de la hermosura.
(El Dios recóndito, 55.)
"El mundo --para él-- es lontananza, precipicio, ternura de morir" según declara en El olvido; confía en "el impecable vagar de la paloma". (57)

Entonces siente sed. Nota "la abeja arder", La providencia divina-- y se vuelve fulgencia, "sonido de la carne que soporta su límite ante Dios". (61)

"Dios, dice, lo inventa", lo imanta, lo rehace:

Y Narciso
huye entre las gladiolas
sofocado de ser
el mismo espejo que lo traza
en el aire.
En La alegría (66) define la palabra como la cruz.

El momento de la creación es pugna, lucha, en El más allá:

¿Por qué la lucha así
plena de formas tan monstruosas
con espejos vedados a distancia? (67)
Se pregunta si es esa "la frutal ausencia donde impera el dolor". En el poema La poesía va en busca de "la ardida palabra subterránea", que es un mito. (69) Queda en el alelamiento, atontado, embobado en El ser contra el espacio. (75) Se rescata en El pobre de espíritu:

Yo sé que la ternura existe,
que la paz es el trigo
como gran silencio. Yo sé
que no debo entrar
en la cueva del mago. (81)
Achaca de nuevo a Luzbel su incapacidad de captación:

Te dejo Luzbel, manchador del silencio
........................................
Me basta
el claror del humilde: lo que es virgen.
Confiesa en Destino:
A veces yo no sé escribir,
la perla está en la ostra,
Dios está en las canciones,
el pueblo es la raíz.
A veces yo no sé escribir
cuando la materia
suelta el mar
en medio de las olas,
cuando la corriente alza
un pájaro disecado.
Pero si tengo tiempo
es porque no soy de aquí
sino que voy de eternidad resplandecida
a la hoja que vuela. (94)
En el poema La humildad protesta de estar:

sin la paciencia blanca
de la paloma
en el aire irreal. (97)
Vuelve al silencio. Es el silente. Da la impresión de un sonámbulo que habla en lenguas, de la lengua.

Lo abruma la esterilidad en el poema del mismo nombre:

Oh, mi blancor,
sin poema absoluto,
sin voz, sin plaza, lleno
de Narciso voraz...
...................
¡Sólo el Inerme
te canta ya sin fuego!...
Lo incapacita la inermia a través del proceso creador: es la indefensión: está desarmado. Profusamente aludida se torna "opacidad" --La opacidad, 117--. Está tapiado, vencido, inserto en ella. Entiende que está yaciendo en el inconsciente de su origen. De ahí se levantará de nuevo a la poesía, sin rebeldía total aún. Se entregará, como dice, al inmóvil candor de la Virgen María --A la Virgen María, 133--.

Reconoce en El asedio:

no sé tallar
el verso de la arena corroída... (135) Ante él se levanta el muro de nuevo. El es: el clamor que mana
de frente a la pared. (Transfiguración, 139.)
En el poema El poeta, se califica: "Locura será mi nombre". (161)

La semilla encendida es el nervio raigal de su poesía; es un oasis de sentido de patria. El tema de la creación no se dramatiza. El poeta se afinca en Lares. La palabra es cumplida y sin desdoblez de ser ante sí mismo. Se retoma la sintonía de Luz de los héroes. No se acentúa el tema de la creación.

La marea sube es del mismo año. A medida que avanzamos desde este libro, verdaderamente sube la marea en su poesía ante la angustia del proceso creador. La ironía fermenta y el poeta se vuelve más incisivo, más profano, más cruel consigo mismo, con una enorme apertura de honestidad y un miedo cerval al abismo de la nada, de la inconcreción:

A veces me avergüenzo de jugar
con las palabras.
...............................
A veces me avergüenzo
de escudarme en los símbolos vacíos
de la hiel y el tedio
y más vale el sudor cuando canta.
(Dame corazón, 11.)
En El cordero del escudo declara:
Y antes que poeta, soy soldado
de los míos, sumidos en la suma
de tanta esclavitud. (29)
Asoma siempre en la pasión por la poesía, la pasión por la patria que es el apoyo ético que lo sostiene.

El soneto La metáfora revela que protesta de la

Lejanía imposible que me veda el objeto
En la lejanía, no proceda
ese hombre invisible que se viste
de irrealidad. El libro es un veneno
que socava la vida. Y estoy lleno
de palabras. Poeta triste, triste. (54)
Se acusa además de no ser original.

Mudez del universo destaca la pugna con la palabra. Se refiere a la "palabrería huera", a la "locura verbal", a la "imprecación suicida", al "disfraz hirsuto", "las palabras espesas". (75)

Para ser poetas debemos ser puros; vencer lo que él describe sobre la aridez como "la ignota evasión".

Vuelve a "la semilla encendida: que le retrotrae a la infancia en Lares:

Oigo hablar a un niño
y sé entonces de poesía.
(Me basta decir superficie, 120.)
Consciente del uso frecuente de la lengua coloquial, recalca:

¿Y para qué divorciarme de lo oral,
de lo que está sufriente
en esas despreciadas cercanías
que rechazo por fuerza?
...................................
Del niño en el reverberante monte
aprendí
a tocar la palabra para siempre.
Dice al lector:

Aunque te enciendo guerra,
puedo nacer de nuevo a la poesía
con la precipitada flor.
(Perdón, 140.)
El poema final, titulado, como el libro, La marea sube, arrecia la tensión de su poesía patriótica:

Y la marea sube, con delirio
de sangre atormentada
brillando aún con sorna
en el rostro del amo. (42)
Esta no es la poesía que él llamara en Luz de los héroes "lucerada de candor". Es poesía desprendida, en carne viva, que lo disgrega, disocia y dispersa quemado en la protesta medular por la tierra esclava.

El rostro en la estela es de 1973. La estela puede ser la huella de sí mismo o la piedra tumbal bíblica, signo de recordación, la huella que deja su poesía: "Ya dejaré de cantar, lo destruido en la llama" --Pensamiento en adiós, 9--. Queda exhausto en el momento de la creación, como la mariposa que se quema en el ascua. Define el poema "como contorsión de la nada". Esta gira sobre si misma. Con rebeldía irreverente protesta:

Y en lo profundo, mi Dios
burla el eco de su eco.
No puede aprehender la poesía. En Canto desesperado repite lo que llama "el gesto en el vacío" (11). Llega a la absoluta aridez que describe contradictoriamente como "plenitud del vacío" --No es nada la vida, 13--.

Pero priva en él, aparte de esos momentos, una ética del arte fundamentada en la fe mística que lo salva en la creación, sostenida a su vez, como señaláramos, por una ética de patria.

Le obsesiona la inermia constante, el desamparo que dice "fabrica su sigilo" --La torre sepultada, 15--. Ya no es "torre de Dios, poeta, pararrayo celeste". Así se siente, como dice extrapoéticamente, "exento de sí mismo" - -El viejo rechazado, 17--. La poesía inalcanzable es para él, "el cruel diamante" --Paisaje otoñal, 122--.

Cae en el más absurdo cinismo. Dice sobre El abismo sin fe:

me transformó en cristales
de suavísima hiel... (25)
Inmerso en el tedio recordamos Las flores del mal de Baudelaire. De regreso de esa actitud airada reflexiona y aspira a volver siempre a su pureza de niño:

¡Sé niño
que escoge la fiel trama del amor!
Dice como oveja perdida: "Busco el redil de las estrellas pálidas" --Busco el redil, 29--. Pero vuelve a sus silencios y a su breve sosiego que llama hermosamente "soledad de miel radiosa", en La casa, 31.

Cuando pierde el candor y protesta intelectualmente, se condena por ser sólo idea, en el poema de título revelador El interino --133--, es decir, el que no es cuando se rebela y se niega. Aquí encontramos el signo del libro El rostro en la estela:

Y yo tan sólo formo mi espejismo
en la huyente dación que se hace estrella. En esa actitud confiesa "no progresa jamás la poesía".

Se condena porque se dramatiza y se aleja de la poesía en Me arrepiento de la vana palabra y declara algo esencial:

Queremos ser auténticos. Volcarnos
en insulto que pesa.
Ser de este mundo,
en la familia densa
de los que ultrajan
el celeste fuego.
.....................
Me arrepiento del ebrio
que ausculta la palabra
sin fervor.
......................
Pido perdón. La fe no está maldita
en círculos violentos.
Los héroes me perciben.
Y no mancho ya más los sigilos primeros. (35)
Estos sigilos son la cautela del silencio, de no profanar la palabra. Añora la vuelta a la fe y a la pureza:

Porque el ciego que quiere pureza se traslada
a una inocencia vieja. (Diagnóstico del poeta, 45.)
Así seguirá oscilando pendularmente entre ambas actitudes diametrales. Expresa claramente:

cómo volvemos a la locura en la triste destrucción
de vosotros mismos. (El cuerpo efímero, 51.)
El poeta carga con la cruz de su angustia vital en busca de lo que llama "el rosicler" o el "iris", para salvar la que describe como "su voz sin voz" en La inefabilidad poética (57).

Vuelve al símbolo del espejo en El sujeto incognoscible:

Estoy fuera del yo,
sólo conozco espejos:
cosas, cosas perfectas
labradas en el viento. (75)
Busca incesantemente en el poema La cita: "la transparencia escrita". (85) Se caricaturiza y reconoce como "sensible histrión" en La agnición y en otros poemas. Luego reaparece El niño (108).

En Oscuro afán de música el poeta se acusa:

Los rielos te mataron.
Los rocíos te hirieron
hasta fabricarte un sepulcro suntuoso
de metáforas. (132)
Este oscuro afán de música puede captarse en los Cancioneros cuando, salvo en el libro Vestido para la desnudez, verso libre en forma adecuada al soneto, que llama antisonetos, se embriaga en la rima y el ritmo y muchas veces del habla coloquial y antipoética que lo abruma, con plena conciencia de lo que rechaza. Protesta de la poesía pura y la llama "el espejismo que se queda sin espejo" en El fracaso de la poesía pura (134).

Variaciones del mar es de 1973. El poeta pródigo desborda su pasión creadora reiterativa como dardo clavado que se arranca y lanza en incesante juego sucesivo que entrelaza la lengua coloquial y la poética. Se acerca y se distancia, se opaca y se ilumina. Hay un balance perfecto de sensibilidad y reflexión. Procede el examen del lenguaje característico dentro del lenguaje. El poeta va, como expresa, "en busca de la ansiosa nitidez" (Poema 56, 64).

Este libro medular, en su balance de reflexión y precisión en la aprehensión estética, pone de relieve rasgos característicos tocados de inusitada belleza.

La palabra exacta se revela traspasada de la ternura captativa del ojo avizor. Hay un orden extracronológico, una suerte de mapa interior arterial que integra y fija el cosmos total del poeta. Este se objetiva y es, como antes, observador y partícipe de su poesía.

Variaciones del mar revela que, como en otros libros, su poesía es un conjunto de expresiones diversas sobre los mismos temas.

Su sangre es su fuerza. Como el coral del mar, la semilla y la tierra son el fundamento del universo. El mar es descrito como "dinamia de lo excelso" (Poema 27, 35). Lo rodea y lo aprieta, lo sosiega y lo riela. Es para él "paloma de la ola" (Poema 34, 42), "imán de la ola" (Poema 35, 43). Lo capta desde la serenidad, hasta la procela o borrasca. Es el mar Atlántico que contempla desde la reja de la cárcel lejana. El movimiento sinfónico o silencioso del mar encarna los vaivenes dramáticos de su ser, su energía dispersa y tempestuosa.

Como la niebla al mar, ciega al poeta la angustia creadora:

Si yo pudiera tantear el poema
como el pito en la niebla,
sería entonces la deidad
que no piensa.
Algo incontrastable.
Algo maduro en la luz.
(Poema 102, 110.)
En el Poema 112 (120), se funde en armonía con el mar:

entramos en el iris cantarino,
amansamos el cruel abismo
con tino decidido de palomas
curvadas sobre el mar.
Mar y poeta son uno en sus variaciones. Nos indica que el mar "se hace mental -- Poema 137, 145--. En el Poema 143 declara:

¡Mi vida fue salvada
porque rielo en el mar!
........................
En lo opaco, el destello
del loco
tan menesteroso.
.........................
Pero el mar es potente.
Circunda, clama, incita.
Disuelve con su sal
la aparente impotencia de la aurora. (151)
Este hermoso libro puede instalarse junto a El contemplado de Pedro Salinas y El mar y tú de Julia de Burgos en una venturosa trilogía.

El engaño a los ojos, de 1974, no es, a nuestro juicio, un libro cardinal. Es uno de reflexión marginal a su poesía. Vuelva al tedio, a la inermia en El hastío al desamor que describe como "esos crueles/ dioramas de antipoesía". (66)

El diorama es el panorama en el que, con un lienzo pintado a colores transparentes y opacos, se producen diferentes efectos escénicos, según la manera como se ilumine. El poeta se aluza como el diorama y no se encuentra. Se evidencia en el poema Mi pobre poesía (147).

Se vuelve solipsista-sólo yo, solus ipse. Siente, nos dice, "La impotencia del canto/ en la vil soledad" --El solepsismo, 49--.

El engaño a los ojos se refiere a la falsedad del testimonio de los sentidos.

La orilla sitiada es de 1974.

En el poema Así es el mundo, el poeta llama "semipoema" a la poesía malograda (77). Entonces Dios está ausente --Lo informe, 85-- y el espejo "vive en la distancia".

Nos sorprende con una expresión coloquial curiosa. Cuando en Brota el ángel resurge la poesía, dice que "de cualquier maya sale el rocío" (87). El momento de la creación es para él "el rapto" --Exaltación de la sombra, 93--. El odio a la poesía, según titula un poema, es "el pasaporte del mediocre".

La poesía, por el contrario, es la vía para llegar a Dios en La plenitud abajo (97). Subraya su actitud de histrión en tono despectivo en El histrión (109).

La orilla sitiada, título del texto, es el muro y Cristo el ausente es el único "sapiente del enigma" que en el poeta es sólo eco (211). Este es el libro más conflictivo de la lucha interior por alcanzar la plenitud de la gracia, el rocío. Para el poeta el heroísmo radica en la pureza. Mantenerla en vilo ante la negación. El niño remoto de Lares es el reducto de la gracia que pervive. Pero el poeta estéril ha perdido, como dice "el rumbo del imán" --Me pasas por el lado, 135--. Tiene lo que llama "la vena disecada".

Hemos penetrado la urdimbre de esta poesía, a rasgos antepoesía consciente, azotada de la palabra profana que cava en busca de la "semilla encendida". Hay un realismo mágico que se afirma sobre todo malabarismo abortado de las palabras en el poema Repudio de lo abstracto (137). El poeta intuitivo se vuelve a rescatar. Como titula otro poema, La cima se repite (139). Descubre que él es el muro en la Oración a la Virgen María (155).

Entrar al mundo de un poeta es pisar terreno sagrado. Los acercamientos pueden ser actos de profanación, sobre todo cuando rozamos una poesía macerada como la del poeta.

Unción de la tierra, de 1975, es un libro de afirmación; el poeta se opone a dejarse invadir por la negación. Vuelve a la que llama su "antigua canción" -- Poema 9, 23--. Está poseído de viejas resonancias. La Unción de la tierra es la devoción por la patria. El libro de la impresión de una poesía racional dislocada, con oasis de reafirmación.

El Canto de la locura aparece en 1976. Sería interesante trazar a través de su obra todas las instancias en que hace referencia a la locura, para armar su concepción total de ésta, culminada en el ápice de este poema crucial.

Si en Unción de la tierra se define como "un loco trasminado de inocencia" -- Poema 63, 131-- la calificación contiene la dualidad de su obra: locura, pasión obsesiva por entender racionalmente la gracia y el forcejear abstractamente con la palabra para que revele el enigma; pero se ha salvado por la trasminación, la penetración paradisiaca de la pureza original del niño que pervive en él.

El poema es una alabanza o elogio de la que llama "sutil locura" contra la que concibe como la "airada razón". En forma decantada, en actitud ahora reverente busca y halla: "una canción remota que por primera vez es mía"; y añadimos, que suya, por encima de la razón de la sinrazón a pesar de que se describe como "el poeta/ Befa mayor de la palabra"/ "el idiota entre la comunicación y la incomunicación".

El poema es una síntesis acusada de todo el conflicto espiritual expresivo de la agonía o lucha por la fijación exacta en el espejo. Es su Cántico espiritual.

Dación y milagro, de 1976, es poesía de tensión unciosa; una suerte de ejercicio espiritual que depura, como titula un poema, La palabra abortada (40). En el poema nombrado La piedad cede, en actitud humilde, a la ironía contemplada (97). Todo el proceso poético queda concretado en el soneto El flujo poético (139).

Ya se oye el cenit, de 1977, es la expresión sinestésica de la que describe como "la ola que alcanza el campanario en el cenit de Lares" --Explico aquí mi victoria, 39--.

Vuelve al signo del espejo. La poesía es para él "un espejo demente" -- El torpe líder, 49--. La palabra es "puente caído en el abismo" --Dios reivindicado--. Confiesa: "esta misma fluencia de versos me traiciona" (75).

Si en algún libro hay sonambulismo ciego es en éste. Se rinde a la marea de palabras. El poeta se reprocha según expresa, "Siempre la misma/ confrontación", en La delimitación de la esperanza (119). Nos perdemos y nos retomamos con el poeta en este laberinto soledoso. El momento de la creación es para él la "pulsión parlera en que penetro la Deidad" --Mi patria ardiente, 121--. Presenciamos el tiento y el acierto, el tino y el desatino. Confiesa que el poema puede ser "oficio de tiniebla" en Poética (133). Está "ciego sin lumbre, en cárcel tenebrosa", que dijera Garcilaso. Se refiere a "el cero tan verbal/ de mis sagrados arrebatos" --El cero tan verbal, 145--.

Los Cancioneros abarcan los años de 1970 a 1978. El primero es de 1970; el segundo es de 1972; el tercero, de 1975; el cuarto, de 1976; no conocemos el quinto; el sexto es de 1978 y el séptimo, del mismo año. Como sabemos, el orden cronológico de la obra de un autor no necesariamente implica una secuencia racional reveladora del cosmos total de un poeta, que responde a otra naturaleza de integración interna de la obra, en el tiempo vital.

Irónicamente el título Cancionero no corresponde a una colección de canciones o poemas melódicos amorosos. En esta designación el poeta está deliberadamente lejos de esta concepción. En todos estos libros aparece la huella secante de la aridez.

El vocabulario del primer Cancionero sigue siendo revelador como "categoría poética": atonía, inermia, oquedad, laberinto, mutismo, repliegue, cobardía, nada, sombra, hastío, tedio, procela, desatino, abismo, deserción, locura. Los títulos de los poemas son igualmente lacerantes: Fuga a la gracia, El tedio..., con atisbos de fertilidad en La no muerte:

porque soy en unción lirio fuerte
que de la tempestad hace la seda. (98)
Por un lado ha rechazado antes la razón como fuente de poesía: por otro, lado la define como "instante transparente", Intelecto en éxtasis, como en el poema de ese nombre.

En el segundo Cancionero revela claramente su conciencia de que su poesía es ahora sonámbula y borbotante de palabras, es:

Incontenible material alerta
y casi sin raíz...
.............................
desierta compulsión...
que expresa en La poesía en el soneto (97). Es curioso el título de este poema, toda vez que la totalidad de los Cancioneros consta íntegramente de sonetos y se siente compelido y aprisionado por el ritmo y esquema de su forma.

Insiste en clarificarse como loco e histrión en A un poeta loco (117). Impotente ante la rebeldía de la palabra dice: "se desvanece en lágrima vacía".

En el Cancionero tercero hace ágiles ejercicios verbales en su afán de rimar el verso. Como el pelícano de la fábula se abre el pecho para alimentar la poesía con su sangre. Caricaturiza A un poeta alado (35) como "liróforo del cielo sin compuerta". El es, según se define, El separado (42), el aislado, que no tiene acceso a la eternidad.

Reconoce en sí mismo "la frase amarga, destructora" en el poema El fantasma (17). Sin embargo, como en su obra interior, hace pausa y se advierte en El éxtasis (68) que no es por la inteligencia que se alcanza la gracia, sino por la sensibilidad. Igualmente apunta; "el artificio yace desnacido/ en una rara postración de rima", en el poema El niño y la poesía (83). Rechaza su actitud irreverente. Como siempre quiere volver, en un poema de ese título, a El candor del niño (95).

El poeta se arredra al tocar la frontera de la nada y rinde el ademán intelectual a la humildad. Crea la poesía y ésta a su vez lo contiene y lo crea --Todo estilo muere, 143--. Vive la ansiedad y la tortura de la creación que es para él "cruz actuante" --El artista, 144--. Contrasta la lengua poética con la antipoética.

En el Cancionero cuarto, de 1976, el autor se calibra El poeta sin canción, curiosamente, en este llamado Cancionero (25). Explica que "se repite el espasmo del vacío" en el Bosquejo del tedio (26). "El oficioso ritmo no despeja/ el cristal de efusión" según en Contra de la poesía abstracta (33).

Su alma convulsionada no puede alcanzar la paz interior por la que llama "mi letal palabra" --Sin palabras, 83--. Se refiere a "una cifra no más de cruel poesía", en El color en la mano dadivosa (87). La poesía se le ha negado como testimonio de la creación divina. Dramatiza a base del disloque deliberado de palabras lo que es mera literatura o retórica. Es esta una poesía obsesiva, de claroscuro entrevisto. Reconoce en ella su posibilidad de autodestrucción al afirmar: "el soliloquio impávido me triza", en Mi cancionero (147).

Lo absorbe la obsesión del espejo en el mismo poema, "Porque persigo el eco en los espejos/ me he llenado de odio que contrista".

Inusitadamente vuelve a la Virgen María en un soneto a su nombre (150). Representa la poesía intocada, "el lustror piadoso que se da en poesía", según lo describe.

Rechaza todo lo que entorpezca su poesía que es la afirmación ética ante la realidad de su país. Entonces es un héroe que vence la antepoesía en la realidad antiética de Puerto Rico y de Lares, la semilla encendida junto a Albizu --Yo vivo en Cristo, 152. Declara que la poesía ha sido su "camino de Damasco" (153) y el "holocausto que se entrega" --La tarde apetecida, 155--.

En el Cancionero sexto, de 1978, recuerda a González Martínez y se aplica la expresión de "tuércele el cuello al cisne" en el poema Tuércele el cuello a la elocuencia (76). Evalúa despiadadamente su poesía como "diapasón combado en verborrea"... Parecerá simpleza, pero nos da la impresión en los Cancioneros de que los títulos de los poemas son, en su mayoría, una deliberada prosificación escueta y cínica de los mismos.

Acusa la que describe como su "sigilosa verba reaccionaria", su labia, su locuacidad en el poema La vida casi no se aplica, 122. En la pugna por la poesía se pierde la poesía. "Se alucina/ el hombre mudo convertido en prosa" según manifiesta en el poema El ensueño de la poesía (150).

En el poema El niño vuelve a la inocencia añorada y no medita. La razón no destruye su mundo. Ese niño es en toda su poesía el anhelo de la gracia:

porque el niño en su errancia, colabora,
no con la plenitud meditadora,
sino con la inconsciencia presupuesta
en su don salvador.
........................................
Yo sé que el niño ejerce por la brisa
una efusión, no sed de vida extrema. (152)
Como el niño, destaca la gracia de Dios en el poema segundo de ese título):
Pero la gracia, como toda fuente,
borra el matiz errátil, elocuente.
Es consecuencia prístina que guía. (156)
La errancia del niño es el vagar inocente y sosegado en su órbita de gracia. Se reprocha la falta de concisión y el temor al silencio, según el lema del libro en el séptimo Cancionero, también de 1978.

Vuelve a mirarse en "el espejo soledoso". En el texto aparecen poemas de amor y sensualidad como el excelente del "chaconazo". Merece lectura detenida el hermoso poema El cerco de la abeja (96) sobre el instante de la creación. Como en éste, en el titulado La inspiración poética (137) define la misma como "Una sedancia súbita que reta". El soneto El poeta (143) describe igualmente el proceso creativo. El poeta es profeta en El último beso (103) y el poema es exorcismo en El exorcismo (146), conjuro contra el espíritu maligno. En este caso es contra la muerte.

Vestido para la desnudez, de 1984, nos recuerda el cuento del rey desnudo que se creía vestido. ¿Cree el poeta que la poesía lo ha dejado a la intemperie? ¿O que el poema, el vestido, amparará su soledad, aun sin la belleza y la verdad absoluta? El lema del libro, expresión del poeta, resume la conciencia de la naturaleza de su poesía: "Mezcla de nada y ser: canción escindida".

Estos poemas, como él los cataloga e indicáramos antes, son antisonetos; titula uno de ellos Antisoneto contra la paz (39). Aunque tienen la distribución de versos en cuartetos y tercetos, están escritos en verso libre.

El poema Vestido para la desnudez describe el

Vestido, en lo irreal, en lo sublime
de nuestros pulsos de quedar insomnes,
en la tierra de nadie, florecida. (7)
Este libro, paralelo a los Cancioneros anteriores, es una apertura de la rima obsecante. Se repite el ciclo del tedio y desafía al "ángel demente" en el poema El atajo (12). Teme en otro poema a El blanco horror de los locos (18). Se calibra como "medioser" cuando no plasma la poesía, en Apenas vivo (53).

Sin embargo, se destaca por su cálida simplicidad en un hermoso poema, Caída de la flor del roble (65), que puede significar la profanación de la belleza lastimada.

Espectador y descifrador del proceso de la creación, opta por suspender el pensamiento dialogal tan angustioso, que lo hace entender lo imposible de alcanzar la verdad por la razón. Sobre ella prevalece la intuición por la que se obtiene el conocimiento inmediato.

El poeta está, como afirma en un poema, Condenado a la libertad (146). Debe escoger entre opciones. Define el momento de la creación como "rapto que salva el muro"... Recoge, como patético histrión salido de escena, según se describe, "los espejos rotos, las máscaras de su autorrepresentación", en La inquietud votiva (155). Pero afirma que aún lo salva "ese atisbo de cielo que resiste/ las enajenaciones momentáneas."

Como en el proceso de la poesía de Francisco Matos Paoli, Octavio Paz señala en El arco y la lira y, en asombrosa coincidencia con el poeta, "dos fuerzas antagónicas que habitan el poema: una de elevación o desarraigo, que arranca la palabra del lenguaje; otra de gravedad que la hace volver". "El poeta llega al borde del lenguaje. Y ese borde se llama silencio".

"La esterilidad precede a la inspiración como el vacío a la plenitud; la palabra poética brota tras eras de sequía".

"Ejercicio espiritual. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Es oración, letanía, epifanía, presencia.

Regreso a la infancia, nostalgia al paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, activdad ascética. Palabra del solitario".

Como en nuestro poeta, Octavio Paz nos dice que "un muro nos cierra el paso. Volvemos al silencio".

La creación es desdoblamiento; el poeta se escinde en dos: por una parte es el creador; por la otra, él mismo-- sus palabras, esas palabras que son todo su ser. El poeta es el objeto de la creación.

La conciencia del mundo, la conciencia de sí mismo y la conciencia de Dios forman una indestructible unidad estructural.

Por la poesía "el hombre imanta el mundo".

Hermosa síntesis del poeta Octavio paz sobre la lucha agónica de todo poeta, de nuestro poeta.


Nota:

1. Según se describe el poeta en Unción de la tierra, San Juan de Puerto Rico, Juan Ponce de León, 1975, 131.
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