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UN LOCO TRASMINADO DE INOCENCIA(1): |
l tema de la creación, por nuestra
experiencia y encuentro con la poesía,
nos ha parecido siempre fascinante.Lo exploramos sucintamente en nuestro estudio sobre Las ideas literarias de Evaristo Ribera Chevremont. Recordamos, de nuestros años formativos con Concha Meléndez, La experiencia literaria de Alfonso Reyes. Luego El arco y la lira de Octavio Paz, texto inolvidable. Rollo May analiza el proceso en The courage to create. Marguerite Yourcenar nos conmueve por su grandeza creadora en la entrevista Con los ojos abiertos de Matthieu Galey, al evocar las nostálgicas Memorias de Adriano. Persiste como joya hermosa y única la definición o caracterización del poema que nos brinda Octavio Paz: "El poema es poesía erguida". A nosotros nos parece que se levanta como cresta, corona inefable. Intentamos ahora el aborde de la poesía de Francisco Matos Paoli a base del examen parcial de viente libros que conocemos. Estos constituyen una mera porción de su vasta obra, pero pueden ser representativos de los aspectos característicos del tema subyugante de la creación literaria. El poeta, en este caso, es a la vez protagonista y espectador que ausculta su yo y su obra. Es observador a base de una suerte de desdoblamiento o escisión que va de la irradiación afectiva a la objetiva y densa reflexión intelectual, a través de la vivencia traumatizante de la poesía que no se entrega. Como en la lucha de Jacob con el ángel, hasta que el alba subía, nos traza las instancias del proceso de creación que oscilan de la euforia por la concreción expresiva, al tedio e inermia de los estadios de aridez. A los efectos de nuestro incipiente estudio, consideraremos los textos que van de Luz de los héroes, de 1954, a Vestido para la desnudez de 1984. La obra total publicada de Francisco Matos Paoli amerita una abarcadora investigación y estudio de la categoría de una tesis doctoral, que no sabemos si se ha intentado. En la poesía que conocemos predomina la perseveración o reiteración de ideas sobre el proceso creativo, que podemos anticipar en las siguientes tomas de posición: El poeta, en su afán de romper con las formulaciones comunes, recurre a la expresión artificiosa, reiterada y deliberada, evidente en un vocabulario muchas veces extraño a la misma poesía, como rechazo a la que considera la antepoesía. Es obvio el manar de palabras conscientemente antipoéticas que dan en ocasiones al verso la impresión de ser conato de escritura automática acusada por la rima, con en el caso de los Cancioneros, en los que el ritmo lo seduce. El poeta, desde el retraimiento afectivo, se refugia en su mundo interior en un afán desmedido de alcanzar y fijar su autenticidad. Así dispara despiadadamente mediante la expresión simbólica de ideas y sentimientos que alcanzan la cúspide de una poesía delirante, que varía de la vivencia mítica al enfrentamiento brusco y realista con la aridez. El poeta va haciendo en forma parcial destacada, o como tema total de los poemas, observaciones y apuntaciones sobre el fenómeno creativo. Se hace patente, además, el insistente vocabulario simbólico, fijo, altamente revelador, que es una constante en esta poesía y que él calibra como categoría poética. Baste apuntar: locura, inermia, paloma, abeja, rosicler, muro, vacío, niño, inocencia, rielo, coral, raíz, mar, sangre, cruz, espejo, Luzbel, rocío, estela, nimbo, ala, lelo, pez, iris, pan, sigilo, vino, semilla... Por la devoción mística de Luz de los héroes, de 1954, define su poesía de unción de entonces en la introducción, Acción de gracias del puertorriqueño, como "la palabra hilada en luz de ternura", "transparencia en vilo". Se mueve en lo que llama "el orbe de la Paloma", en la Cárcel de la Princesa. Su vida es un acto de acentuación de fe patriótica y poética. No se ha dado todavía la escisión dramática del pensamiento dialogal torturante. Su poesía de entonces podría describirse, según nos indica en la Transfiguración del héroe (26) como "lucerada de candor". En 1969 aparece El viento y la paloma y se aparta de la rima del libro anterior. En el poema La paz (9) apunta ya a la que llama "tanta agonía en el espejo". Inicia así la lucha por definirse, por concretarse. Si contraponemos por curiosidad un espejo a otro, advertimos en el fondo del que tenemos delante una sucesión de espejos, un abismo de espejos que nos absorben lejanamente en el vacío. Así queda el poeta. En el poema La poesía abierta se refiere al que califica de "Incomunicante llamado por otros Luzbel":
Proseguimos la peregrinación de angustia de esta poesía. En el poema La nada protesta:
Igualmente en Me quedé contigo nos dice que se quedó con Dios y describe el momento de la plenitud:
Se opone a lo que describe como el Vejamen de la palabra:
Advertiremos que, a través de toda su poesía repudia al poeta fililí, o al que aspira a la belleza por la belleza y no por la verdad. En La belleza no basta le preocupa que esté simulando la poesía, que no es sólo belleza, sino fusión con lo absoluto. Cae en lo que subraya repetidamente como la inermia:
En el poema No existe la univocidad concluye que la comunicación y concreción invariable y absoluta, no existe. Busca a Dios y lo encuentra "congelado como un pez". (35) Manan los versos anotados discursivamente. Achaca la culpa a la misma palabra:
En el signado Contra la dialéctica pide "fijeza nada más, y virgen huella de rocío sellado". (39) Objeta el disputar y discurrir y cree en la intuición. El título del libro, El viento y la paloma, implica el embate de lo indescifrable, la criatura caída. Pierde el sentido de su mismidad en ¿La gracia? ¿La libertad? Su yo se vuelve, según describe, "inercia tempestiva":
Entonces siente sed. Nota "la abeja arder", La providencia divina-- y se vuelve fulgencia, "sonido de la carne que soporta su límite ante Dios". (61) "Dios, dice, lo inventa", lo imanta, lo rehace:
El momento de la creación es pugna, lucha, en El más allá:
Lo abruma la esterilidad en el poema del mismo nombre:
Reconoce en El asedio:
La semilla encendida es el nervio raigal de su poesía; es un oasis de sentido de patria. El tema de la creación no se dramatiza. El poeta se afinca en Lares. La palabra es cumplida y sin desdoblez de ser ante sí mismo. Se retoma la sintonía de Luz de los héroes. No se acentúa el tema de la creación. La marea sube es del mismo año. A medida que avanzamos desde este libro, verdaderamente sube la marea en su poesía ante la angustia del proceso creador. La ironía fermenta y el poeta se vuelve más incisivo, más profano, más cruel consigo mismo, con una enorme apertura de honestidad y un miedo cerval al abismo de la nada, de la inconcreción:
El soneto La metáfora revela que
protesta de la
Mudez del universo destaca la pugna con la palabra. Se refiere a la "palabrería huera", a la "locura verbal", a la "imprecación suicida", al "disfraz hirsuto", "las palabras espesas". (75) Para ser poetas debemos ser puros; vencer lo que él describe sobre la aridez como "la ignota evasión". Vuelve a "la semilla encendida: que le retrotrae a la infancia en Lares:
El rostro en la estela es de 1973. La estela puede ser la huella de sí mismo o la piedra tumbal bíblica, signo de recordación, la huella que deja su poesía: "Ya dejaré de cantar, lo destruido en la llama" --Pensamiento en adiós, 9--. Queda exhausto en el momento de la creación, como la mariposa que se quema en el ascua. Define el poema "como contorsión de la nada". Esta gira sobre si misma. Con rebeldía irreverente protesta:
Pero priva en él, aparte de esos momentos, una ética del arte fundamentada en la fe mística que lo salva en la creación, sostenida a su vez, como señaláramos, por una ética de patria. Le obsesiona la inermia constante, el desamparo que dice "fabrica su sigilo" --La torre sepultada, 15--. Ya no es "torre de Dios, poeta, pararrayo celeste". Así se siente, como dice extrapoéticamente, "exento de sí mismo" - -El viejo rechazado, 17--. La poesía inalcanzable es para él, "el cruel diamante" --Paisaje otoñal, 122--. Cae en el más absurdo cinismo. Dice sobre El abismo sin fe:
Cuando pierde el candor y protesta intelectualmente, se condena por ser sólo idea, en el poema de título revelador El interino --133--, es decir, el que no es cuando se rebela y se niega. Aquí encontramos el signo del libro El rostro en la estela:
Vuelve al símbolo del espejo en El sujeto incognoscible:
En Oscuro afán de música el poeta se acusa:
Variaciones del mar es de 1973. El poeta pródigo desborda su pasión creadora reiterativa como dardo clavado que se arranca y lanza en incesante juego sucesivo que entrelaza la lengua coloquial y la poética. Se acerca y se distancia, se opaca y se ilumina. Hay un balance perfecto de sensibilidad y reflexión. Procede el examen del lenguaje característico dentro del lenguaje. El poeta va, como expresa, "en busca de la ansiosa nitidez" (Poema 56, 64). Este libro medular, en su balance de reflexión y precisión en la aprehensión estética, pone de relieve rasgos característicos tocados de inusitada belleza. La palabra exacta se revela traspasada de la ternura captativa del ojo avizor. Hay un orden extracronológico, una suerte de mapa interior arterial que integra y fija el cosmos total del poeta. Este se objetiva y es, como antes, observador y partícipe de su poesía. Variaciones del mar revela que, como en otros libros, su poesía es un conjunto de expresiones diversas sobre los mismos temas. Su sangre es su fuerza. Como el coral del mar, la semilla y la tierra son el fundamento del universo. El mar es descrito como "dinamia de lo excelso" (Poema 27, 35). Lo rodea y lo aprieta, lo sosiega y lo riela. Es para él "paloma de la ola" (Poema 34, 42), "imán de la ola" (Poema 35, 43). Lo capta desde la serenidad, hasta la procela o borrasca. Es el mar Atlántico que contempla desde la reja de la cárcel lejana. El movimiento sinfónico o silencioso del mar encarna los vaivenes dramáticos de su ser, su energía dispersa y tempestuosa. Como la niebla al mar, ciega al poeta la angustia creadora:
El engaño a los ojos, de 1974, no es, a nuestro juicio, un libro cardinal. Es uno de reflexión marginal a su poesía. Vuelva al tedio, a la inermia en El hastío al desamor que describe como "esos crueles/ dioramas de antipoesía". (66) El diorama es el panorama en el que, con un lienzo pintado a colores transparentes y opacos, se producen diferentes efectos escénicos, según la manera como se ilumine. El poeta se aluza como el diorama y no se encuentra. Se evidencia en el poema Mi pobre poesía (147). Se vuelve solipsista-sólo yo, solus ipse. Siente, nos dice, "La impotencia del canto/ en la vil soledad" --El solepsismo, 49--. El engaño a los ojos se refiere a la falsedad del testimonio de los sentidos. La orilla sitiada es de 1974. En el poema Así es el mundo, el poeta llama "semipoema" a la poesía malograda (77). Entonces Dios está ausente --Lo informe, 85-- y el espejo "vive en la distancia". Nos sorprende con una expresión coloquial curiosa. Cuando en Brota el ángel resurge la poesía, dice que "de cualquier maya sale el rocío" (87). El momento de la creación es para él "el rapto" --Exaltación de la sombra, 93--. El odio a la poesía, según titula un poema, es "el pasaporte del mediocre". La poesía, por el contrario, es la vía para llegar a Dios en La plenitud abajo (97). Subraya su actitud de histrión en tono despectivo en El histrión (109). La orilla sitiada, título del texto, es el muro y Cristo el ausente es el único "sapiente del enigma" que en el poeta es sólo eco (211). Este es el libro más conflictivo de la lucha interior por alcanzar la plenitud de la gracia, el rocío. Para el poeta el heroísmo radica en la pureza. Mantenerla en vilo ante la negación. El niño remoto de Lares es el reducto de la gracia que pervive. Pero el poeta estéril ha perdido, como dice "el rumbo del imán" --Me pasas por el lado, 135--. Tiene lo que llama "la vena disecada". Hemos penetrado la urdimbre de esta poesía, a rasgos antepoesía consciente, azotada de la palabra profana que cava en busca de la "semilla encendida". Hay un realismo mágico que se afirma sobre todo malabarismo abortado de las palabras en el poema Repudio de lo abstracto (137). El poeta intuitivo se vuelve a rescatar. Como titula otro poema, La cima se repite (139). Descubre que él es el muro en la Oración a la Virgen María (155). Entrar al mundo de un poeta es pisar terreno sagrado. Los acercamientos pueden ser actos de profanación, sobre todo cuando rozamos una poesía macerada como la del poeta. Unción de la tierra, de 1975, es un libro de afirmación; el poeta se opone a dejarse invadir por la negación. Vuelve a la que llama su "antigua canción" -- Poema 9, 23--. Está poseído de viejas resonancias. La Unción de la tierra es la devoción por la patria. El libro de la impresión de una poesía racional dislocada, con oasis de reafirmación. El Canto de la locura aparece en 1976. Sería interesante trazar a través de su obra todas las instancias en que hace referencia a la locura, para armar su concepción total de ésta, culminada en el ápice de este poema crucial. Si en Unción de la tierra se define como "un loco trasminado de inocencia" -- Poema 63, 131-- la calificación contiene la dualidad de su obra: locura, pasión obsesiva por entender racionalmente la gracia y el forcejear abstractamente con la palabra para que revele el enigma; pero se ha salvado por la trasminación, la penetración paradisiaca de la pureza original del niño que pervive en él. El poema es una alabanza o elogio de la que llama "sutil locura" contra la que concibe como la "airada razón". En forma decantada, en actitud ahora reverente busca y halla: "una canción remota que por primera vez es mía"; y añadimos, que suya, por encima de la razón de la sinrazón a pesar de que se describe como "el poeta/ Befa mayor de la palabra"/ "el idiota entre la comunicación y la incomunicación". El poema es una síntesis acusada de todo el conflicto espiritual expresivo de la agonía o lucha por la fijación exacta en el espejo. Es su Cántico espiritual. Dación y milagro, de 1976, es poesía de tensión unciosa; una suerte de ejercicio espiritual que depura, como titula un poema, La palabra abortada (40). En el poema nombrado La piedad cede, en actitud humilde, a la ironía contemplada (97). Todo el proceso poético queda concretado en el soneto El flujo poético (139). Ya se oye el cenit, de 1977, es la expresión sinestésica de la que describe como "la ola que alcanza el campanario en el cenit de Lares" --Explico aquí mi victoria, 39--. Vuelve al signo del espejo. La poesía es para él "un espejo demente" -- El torpe líder, 49--. La palabra es "puente caído en el abismo" --Dios reivindicado--. Confiesa: "esta misma fluencia de versos me traiciona" (75). Si en algún libro hay sonambulismo ciego es en éste. Se rinde a la marea de palabras. El poeta se reprocha según expresa, "Siempre la misma/ confrontación", en La delimitación de la esperanza (119). Nos perdemos y nos retomamos con el poeta en este laberinto soledoso. El momento de la creación es para él la "pulsión parlera en que penetro la Deidad" --Mi patria ardiente, 121--. Presenciamos el tiento y el acierto, el tino y el desatino. Confiesa que el poema puede ser "oficio de tiniebla" en Poética (133). Está "ciego sin lumbre, en cárcel tenebrosa", que dijera Garcilaso. Se refiere a "el cero tan verbal/ de mis sagrados arrebatos" --El cero tan verbal, 145--. Los Cancioneros abarcan los años de 1970 a 1978. El primero es de 1970; el segundo es de 1972; el tercero, de 1975; el cuarto, de 1976; no conocemos el quinto; el sexto es de 1978 y el séptimo, del mismo año. Como sabemos, el orden cronológico de la obra de un autor no necesariamente implica una secuencia racional reveladora del cosmos total de un poeta, que responde a otra naturaleza de integración interna de la obra, en el tiempo vital. Irónicamente el título Cancionero no corresponde a una colección de canciones o poemas melódicos amorosos. En esta designación el poeta está deliberadamente lejos de esta concepción. En todos estos libros aparece la huella secante de la aridez. El vocabulario del primer Cancionero sigue siendo revelador como "categoría poética": atonía, inermia, oquedad, laberinto, mutismo, repliegue, cobardía, nada, sombra, hastío, tedio, procela, desatino, abismo, deserción, locura. Los títulos de los poemas son igualmente lacerantes: Fuga a la gracia, El tedio..., con atisbos de fertilidad en La no muerte:
En el segundo Cancionero revela claramente su conciencia de que su poesía es ahora sonámbula y borbotante de palabras, es:
Insiste en clarificarse como loco e histrión en A un poeta loco (117). Impotente ante la rebeldía de la palabra dice: "se desvanece en lágrima vacía". En el Cancionero tercero hace ágiles ejercicios verbales en su afán de rimar el verso. Como el pelícano de la fábula se abre el pecho para alimentar la poesía con su sangre. Caricaturiza A un poeta alado (35) como "liróforo del cielo sin compuerta". El es, según se define, El separado (42), el aislado, que no tiene acceso a la eternidad. Reconoce en sí mismo "la frase amarga, destructora" en el poema El fantasma (17). Sin embargo, como en su obra interior, hace pausa y se advierte en El éxtasis (68) que no es por la inteligencia que se alcanza la gracia, sino por la sensibilidad. Igualmente apunta; "el artificio yace desnacido/ en una rara postración de rima", en el poema El niño y la poesía (83). Rechaza su actitud irreverente. Como siempre quiere volver, en un poema de ese título, a El candor del niño (95). El poeta se arredra al tocar la frontera de la nada y rinde el ademán intelectual a la humildad. Crea la poesía y ésta a su vez lo contiene y lo crea --Todo estilo muere, 143--. Vive la ansiedad y la tortura de la creación que es para él "cruz actuante" --El artista, 144--. Contrasta la lengua poética con la antipoética. En el Cancionero cuarto, de 1976, el autor se calibra El poeta sin canción, curiosamente, en este llamado Cancionero (25). Explica que "se repite el espasmo del vacío" en el Bosquejo del tedio (26). "El oficioso ritmo no despeja/ el cristal de efusión" según en Contra de la poesía abstracta (33). Su alma convulsionada no puede alcanzar la paz interior por la que llama "mi letal palabra" --Sin palabras, 83--. Se refiere a "una cifra no más de cruel poesía", en El color en la mano dadivosa (87). La poesía se le ha negado como testimonio de la creación divina. Dramatiza a base del disloque deliberado de palabras lo que es mera literatura o retórica. Es esta una poesía obsesiva, de claroscuro entrevisto. Reconoce en ella su posibilidad de autodestrucción al afirmar: "el soliloquio impávido me triza", en Mi cancionero (147). Lo absorbe la obsesión del espejo en el mismo poema, "Porque persigo el eco en los espejos/ me he llenado de odio que contrista". Inusitadamente vuelve a la Virgen María en un soneto a su nombre (150). Representa la poesía intocada, "el lustror piadoso que se da en poesía", según lo describe. Rechaza todo lo que entorpezca su poesía que es la afirmación ética ante la realidad de su país. Entonces es un héroe que vence la antepoesía en la realidad antiética de Puerto Rico y de Lares, la semilla encendida junto a Albizu --Yo vivo en Cristo, 152. Declara que la poesía ha sido su "camino de Damasco" (153) y el "holocausto que se entrega" --La tarde apetecida, 155--. En el Cancionero sexto, de 1978, recuerda a González Martínez y se aplica la expresión de "tuércele el cuello al cisne" en el poema Tuércele el cuello a la elocuencia (76). Evalúa despiadadamente su poesía como "diapasón combado en verborrea"... Parecerá simpleza, pero nos da la impresión en los Cancioneros de que los títulos de los poemas son, en su mayoría, una deliberada prosificación escueta y cínica de los mismos. Acusa la que describe como su "sigilosa verba reaccionaria", su labia, su locuacidad en el poema La vida casi no se aplica, 122. En la pugna por la poesía se pierde la poesía. "Se alucina/ el hombre mudo convertido en prosa" según manifiesta en el poema El ensueño de la poesía (150). En el poema El niño vuelve a la inocencia añorada y no medita. La razón no destruye su mundo. Ese niño es en toda su poesía el anhelo de la gracia:
Vuelve a mirarse en "el espejo soledoso". En el texto aparecen poemas de amor y sensualidad como el excelente del "chaconazo". Merece lectura detenida el hermoso poema El cerco de la abeja (96) sobre el instante de la creación. Como en éste, en el titulado La inspiración poética (137) define la misma como "Una sedancia súbita que reta". El soneto El poeta (143) describe igualmente el proceso creativo. El poeta es profeta en El último beso (103) y el poema es exorcismo en El exorcismo (146), conjuro contra el espíritu maligno. En este caso es contra la muerte. Vestido para la desnudez, de 1984, nos recuerda el cuento del rey desnudo que se creía vestido. ¿Cree el poeta que la poesía lo ha dejado a la intemperie? ¿O que el poema, el vestido, amparará su soledad, aun sin la belleza y la verdad absoluta? El lema del libro, expresión del poeta, resume la conciencia de la naturaleza de su poesía: "Mezcla de nada y ser: canción escindida". Estos poemas, como él los cataloga e indicáramos antes, son antisonetos; titula uno de ellos Antisoneto contra la paz (39). Aunque tienen la distribución de versos en cuartetos y tercetos, están escritos en verso libre.
El poema Vestido para la desnudez
describe el
Sin embargo, se destaca por su cálida simplicidad en un hermoso poema, Caída de la flor del roble (65), que puede significar la profanación de la belleza lastimada. Espectador y descifrador del proceso de la creación, opta por suspender el pensamiento dialogal tan angustioso, que lo hace entender lo imposible de alcanzar la verdad por la razón. Sobre ella prevalece la intuición por la que se obtiene el conocimiento inmediato. El poeta está, como afirma en un poema, Condenado a la libertad (146). Debe escoger entre opciones. Define el momento de la creación como "rapto que salva el muro"... Recoge, como patético histrión salido de escena, según se describe, "los espejos rotos, las máscaras de su autorrepresentación", en La inquietud votiva (155). Pero afirma que aún lo salva "ese atisbo de cielo que resiste/ las enajenaciones momentáneas." Como en el proceso de la poesía de Francisco Matos Paoli, Octavio Paz señala en El arco y la lira y, en asombrosa coincidencia con el poeta, "dos fuerzas antagónicas que habitan el poema: una de elevación o desarraigo, que arranca la palabra del lenguaje; otra de gravedad que la hace volver". "El poeta llega al borde del lenguaje. Y ese borde se llama silencio". "La esterilidad precede a la inspiración como el vacío a la plenitud; la palabra poética brota tras eras de sequía". "Ejercicio espiritual. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Es oración, letanía, epifanía, presencia. Regreso a la infancia, nostalgia al paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, activdad ascética. Palabra del solitario". Como en nuestro poeta, Octavio Paz nos dice que "un muro nos cierra el paso. Volvemos al silencio". La creación es desdoblamiento; el poeta se escinde en dos: por una parte es el creador; por la otra, él mismo-- sus palabras, esas palabras que son todo su ser. El poeta es el objeto de la creación. La conciencia del mundo, la conciencia de sí mismo y la conciencia de Dios forman una indestructible unidad estructural. Por la poesía "el hombre imanta el mundo". Hermosa síntesis del poeta Octavio paz sobre la lucha agónica de todo poeta, de nuestro poeta.
Nota:1. Según se describe el poeta en Unción de la tierra, San Juan de Puerto Rico, Juan Ponce de León, 1975, 131. |